viernes, 29 de agosto de 2014

Grandes pensadores del Cristianos / Nahum Vega

En esto creemos: El Cristianismo


Grandes pensadores del Cristianos
(Sep 2014)

Objetivo de Enseñanza de este módulo:
Revisará Algunos de los Grandes pensadores del Cristianismo, donde encontrará como su devoción hacia Dios, les permite ver con claridad el propósito del Creador para sus hijos.



San Agustín y Santo Tomas

San Agustín vivió entre los siglos IV y V d.C. y Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII d.C. Ambos son pensadores medievales. La Edad Media puede situarse, aproximadamente, entre los siglos IV y XIV a.C.

Para San Agustín, el ser humano es un ser volitivo y moral antes que un ser racional. En forma muy posmoderna significa que "creemos lo que queremos creer".

Sobre la Trinidad, Agustín de Hipona enseñó que hay numerosos "vestigios" de la Trinidad, especialmente en los seres humanos. Exploró la posibilidad de numerosas analogías psicológicas. El obispo de Hipona también reflexionó sobre el ser, saber y querer; sobre la memoria, el entendimiento y la voluntad;  y sóbrela mente, el conocimiento que tiene la mente de sí misma y el amor que tiene la mente por sí misma. Pareciera, sin embargo, que para Agustín la analogía más satisfactoria de la Trinidad era la mente humana que recuerda, conoce y ama a Dios.

Libros importante la Ciudad de Dios. De civitate Dei contra paganos, es decir La ciudad de Dios contra los paganos, es una obra escrita en 22 libros

http://www.iglesiareformada.com/Agustin_ciudad.html

Santo Tomas

Pruebas de la existencia de Dios de Tomás, los argumentos de Sto. Tomás para demostrar la existencia de Dios no se concluye en el ámbito de lo experimental, sino que se concluye en el ámbito de lo inteligible. La inteligencia humana es capaz de avanzar con la reflexión hasta llegar, a partir de la experiencia, al ámbito de la esencia; se pasa del efecto a la causa.

1. Todo movimiento tiene una causa, y esta causa debe ser exterior al ser que está en movimiento ya que nada puede ser a la vez, y bajo el mismo aspecto, el principio motor y la cosa movida. Pero el motor debe ser movido por otro, y éste por otro. Consiguientemente, debe admitirse, o bien que la serie de las causas es infinita y no tiene un primer término ––pero entonces nada explicaría el movimiento–, o bien que la serie es finita y existe un primer término: Dios.

2. Hallamos que en este mundo de lo sensible hay un orden determinado entre las causas eficientes; pero no hallamos que cosa alguna sea su propia causa, pues en tal caso habría de ser anterior a sí misma, y esto es imposible. Ahora bien, tampoco se puede prolongar indefinidamente la serie de causas eficientes, porque siempre que hay causas eficientes subordinadas, la primera es causa de la intermedia, sea una o muchas, y éstas, causa de la última; y puesto que, suprimida una causa, se suprime su efecto, si no existiese una que sea la primera, tampoco existiría la intermedia ni la última. Si, pues, se prolongase indefinidamente la serie de causas eficientes, no habría causa eficiente primera y, por tanto, ni efecto último ni causa eficiente intermedia, cosa falsa a todas luces. Por consiguiente, es necesario que exista una causa eficiente primera, a la que todos llaman Dios.

3. Hallamos en la naturaleza cosas que pueden existir o no existir, pues vemos seres que se producen y seres que se destruyen y, por tanto, hay posibilidad de que existan y de que no existan. Ahora bien, es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre ya que lo que tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en que no fue. Si, pues, todas las cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía. Pero, si esto es verdad, tampoco debiera existir ahora cosa alguna porque lo que no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe, y, por tanto, si nada existía, fue imposible que empezase a existir alguna cosa, y, en consecuencia, ahora no habría nada, cosa evidentemente falsa. Por consiguiente, no todos los seres son posibles, o contingentes, sino que entre ellos, forzosamente, ha de haber alguno que sea necesario. Pero el ser necesario o tiene la razón de su necesidad en sí mismo o no la tiene. Si su necesidad depende de otro, como no es posible, según hemos visto al tratar de las causas eficientes, aceptar una serie indefinida de cosas necesarias, es forzoso que exista algo que sea necesario por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino que sea causa de la necesidad de los demás, a lo cual todos llaman Dios.

En el fondo estas tres pruebas no constituyen mas que una. Los dos pensamientos clave son el principio de causalidad y la imposibilidad de un regreso al infinito en los términos concatenadamente subordinados. Más adelante se denominará a esta serie de reflexiones prueba cosmológica. Los argumentos que sirven de base a Sto. Tomás se encuentran sustancialmente en el libro VIII de la Física de Aristóteles.


4. Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice lo más caliente de lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios.


5. Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas materiales a su fin, y a éste llamamos Dios.

Libros: La suma Teológica

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Buenaventura da Fidanza (1218-1274)

fue un místico franciscano de Albano y cardenal italiano.Doctor de la iglesia catolica(Doctor seráfico), fue discípulo de Alejando de hales, y llegó a General de la Orden Franciscana.

Buenaventura de Fidanza nació alrededor del año 1218. Algunos datan su nacimiento en este año y otros en 1221.
Se formó en la Orden de los frailes menores e impartió enseñanzas en la Universidad de Paris, en la cual estudió. Aunque rechazó ser arzobispo de york. En 1274 fue nombrado legado pontificio al concilio de lyon. Fue un participante activo en los concilios de la época y destacó en los ataques a las herejías y en las críticas a los cismáticos. San Buenaventura representa a la escuela franciscana que inspirándose en San Agustin se opone al aristotelismo de los Dominicos, y sostiene que la filosofía y la razón no se encuentran en la base de la teología ni en la culminación del conocimiento de la divinidad, pero sí en el camino que conduce el alma hacia Dios. Erudito y hombre de gran espiritualidad, de entre sus obras destacan un estudio sobre Pedro Lombardo
Estudió filosofía y teología en París y, habiendo obtenido el grado de maestro, enseñó con gran provecho estas mismas asignaturas a sus compañeros de la Orden franciscana. Fue elegido ministro general de su Orden, cargo que ejerció con prudencia y sabiduría. Escribió la vida de San Francisco.
Fue cardenal obispo de la diócesis de Albano, y murió en Lyon el año 1274. Escribió muchas obras filosóficas y teológicas. Conocido como el "Doctor Seráfico" por sus escritos encendidos de fe y amor a Jesucristo.
Lo único que sabemos acerca de este ilustre hijo de San Francisco de Asís, por lo que se refiere a sus primeros años, es que nació en Bagnorea, cerca de Viterbo, en 1221 y que sus padres fueron Juan Fidanza y María Ritella. Después de tomar el hábito en la orden seráfica, estudió en la Universidad de París, bajo la dirección del maestro inglés Alejandro de Hales.
Buenaventura, a quien la historia debía conocer con el nombre de «el doctor seráfico», enseñó teología y Sagrada Escritura en la Universidad de París, de 1248 a 1257. A su genio penetrante unía un juicio muy equilibrado, que le permitía ir al fondo de las cuestiones y dejar de lado todo lo superfluo para discernir todo lo esencial y poner al descubierto los sofismas de las opiniones erróneas. Nada tiene, pues, de extraño que el santo se haya distinguido en la filosofía y teología escolástica. Buenaventura ofrecía todos los estudios a la gloria de Dios y a su propia santificación, sin confundir el fin con los medios y sin dejar que degenerara su trabajo en disipación y vana curiosidad


ERASMO DE ROTTERDAM


Erasmo de Rotterdam (Róterdam, 1466/69 - Basilea, 12 de julio de 1536), conocido como Desiderius Erasmus Rotterdamus, nacido Geert Geertsen, también llamado Gerrit Gerritszoon (Gerardo, hijo de Gerardo), fue un humanista, filósofo, filólogo y teólogo holandés, autor de importantes obras en latín.

Nació el 28 de octubre de 1466 en Rotterdam, fue hijo de Roger y Margaret Gerrit. Después de ser ordenado sacerdote (a partir de 1490), Erasmo estudió en la Universidad de París, que se encontraba en ese momento viviendo con gran fuerza el Renacimiento de la cultura de Grecia y Roma. Posiblemente en esta etapa se encuentren los comienzos del pensamiento humanista de Erasmo, que convirtieron al joven en un pensador libre y profesor de ideas independientes.

Las polémicas de Erasmo contra la Iglesia han sido malinterpretadas con frecuencia. Erasmo estaba de acuerdo con la doctrina católica y con la forma de organización de la Iglesia. Lo que le molestaba eran otras situaciones.

La verdadera razón del enfrentamiento es que Erasmo quería utilizar su formación universitaria y su capacidad para transmitir ideas, para aclarar las doctrinas católicas y hacer que la Iglesia permitiera más libertad de pensamiento. Estos dos objetivos no eran compartidos por los Obispos y Arzobispos de esos tiempos (Siglo XVI).

Desde su trabajo de académico versado tanto en la doctrina como en la vida monacal, Erasmo creyó su obligación liberar a la Iglesia de la parálisis a que la condenaban la rigidez del pensamiento y las instituciones de la Edad Media, ya que él creía que el Renacimiento era una manera de pensar fundamentalmente nueva. La tradición y las ideas de la Edad Media no tenían ya lugar en el mundo, y él, el "cruzado de la rectitud", debía ser el encargado de cambiar el estado de cosas.

El pensamiento de Erasmo criticaba el formalismo y carácter abstracto de la iglesia y la religión y abogaba por una religión mas humana, mas cercana a la vida diaria de las personas y menos preocupada por dogmas teológicos. Ese pensamiento influyo en Lutero, que decidió llevar esos pensamiento a la acción, originando la Reforma Protestante. 




San Juan de la Cruz


Su verdadero nombre era Juan de Yepes y nació el 24 de junio de 1542 en Fontiveros, pequeño pueblo abulense perteneciente a Castilla y León, una comunidad autónoma de España.
Murió su padre cuando Juan tenía seis años; a los nueve años, se trasladó con su madre al abulense pueblo de Medina del Campo, en donde a los 17 años, ingresa en un colegio de jesuitas para estudiar humanidades.
El año 1563 toma los hábitos de la orden religiosa Carmelita, adoptando el nuevo nombre de fray Juan de san Matías; al año siguiente se traslada a Salamanca para cursar estudios de teología en su célebre universidad. En el año 1567 es ordenado sacerdote, y adopta el nuevo y definitivo nombre de Juan de la Cruz. Su ilustre paisana de Ávila, Teresa de Jesús, trabó gran amistad con él y le integró en el movimiento de la reforma carmelita que ella había iniciado.

La obra poética de san Juan de la Cruz está inspirada en un profundo sentimiento religioso. A decir de algunos de sus biógrafos, su poesía en general tiene un estilo similar al bíblico "Cantar de los cantares" atribuido a Salomón. Nuestro poeta era un gran conocedor de la Biblia y de la filosofía aristotélica y platónica; también su obra nos trae aromas de las Églogas del poeta toledano Garcilaso de la Vega, muy impregnadas de un cultismo italianizante.
El estilo poético que imprime a su célebre "Cántico" (que algunos denominan "Cántico espiritual"), tiene un gran ritmo y musicalidad; compuesto a base de liras -estrofa ideada por Garcilaso- en las que mezcla y alterna versos heptasílabos y endecasílabos.
Toda la obra de san Juan de la Cruz está impregnada de un gran misticismo simbolista; también rezuma un típico estilo de la poesía bucólica y pastoril.
Hay quien afirma que su obra poética está cargada de una encriptada sensualidad e incluso de cierto erotismo. Son parecidas apreciaciones a las que algunos estudiosos creen adivinar en los textos bíblicos ya mencionados.
Sus obras en verso, además del Cántico ya citado y descrito, son: "Noche oscura"; "Llama de amor viva"; y un conjunto de poemas menores entre los que destaca "El pastorcico”.

San Juan de la Cruz describe la tercera y final etapa de la vida espiritual como la Etapa
Unificadora. El usa la imagen del leño y el fuego. Cuando el leño (el alma) es tirado al fuego
(Dios) será finalmente consumido por el fuego el cual brillará más. Así es como es nuestra
conversión en Cristo. Somos consumidos por el amor de Dios y estamos plenamente vivos en él.

nota sobre el tema en el libro de Jacques Philippe:

Se puede establecer un interesante paralelismo entre estos tres aspectos de la vida interior, estas efusiones gozosas, dolorosas y gloriosas del Espíritu Santo, y ¡a imagen del fuego y el leño arrojado a las llamas que emplea San Juan de la Cruz para ilustrar algunos sucesos de nuestra vida espiritual y hacer comprender que, independientemente de cuáles sean las circunstancias que atraviesa nuestra alma —felices o penosas, oscuras o llenas de luz—, es siempre el mismo amor el que actúa, la misma luz la que la rodea.

Cuando el fuego se acerca al leño, en primer lugar lo ilumina, lo alumbra y lo aviva; esta fase correspondería a un misterio gozoso: el amor divino que se nos revela también a nosotros nos da luz y calor. Si el fuego se aproxima aún más, en un primer momento los efectos son aparentemente inversos: en contacto con la llama, el leño comienza a oscurecer, a despedir humo, a oler mal y a desprender brea y otras sustancias desagradables. Se trata de la efusión dolorosa: el alma, penetrada más hondamente por la implacable luz divina, experimenta su miseria, su pecado y su absoluta impureza. Esta etapa dura e! tiempo necesario hasta que el fuego purificador haya concluido su tarea y el alma en su totalidad sea iluminada y abrasada, transformada en fuego de amor, como el leño quemado que, en lo sucesivo, también él ha quedado convertido en fuego. Es la efusión gloriosa, en la cual el alma se ve fortalecida en la caridad, ese fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Juan A. Mackay (Fragmento de Prefacio a la Teología Cristiana)

Juan A. Mackay (Fragmento de Prefacio a la Teología Cristiana)

Cristo no puede ser jamás conocido por hombres que quisieran ser sus patronos, sino sólo por aquellos que están dispuestos a hacerse sus siervos. Un gran letrado Judío hizo, no hace mucho, la declaración de que el judaísmo es una religión de ideas, en tanto que el cristianismo es la religión de una persona. Lo cual es exacto. En el centro del cristianismo se halla, no una simple idea, por luminosa o vasta que sea, sino una persona. En un sentido muy real, según se expresó en el famoso mensaje de la Conferencia de Jerusalén, 1928, “el cristianismo es Cristo”. Cuando algunos de sus compatriotas preguntaron al gran místico indio Sadhu Sundar Singh, qué había hallado en el cristianismo, que no hubiera podido hallar en las religiones de su India nativa, su respuesta fue: “Jesucristo”. 
Otro letrado judío moderno reconoce que el secreto de la influencia de Jesús no está en Sus ideas, sino en Su personalidad. Pero ¿cómo llegamos, concretamente, a Aquel que es el centro de las Sagradas Escrituras y de la fe cristiana? El Jesús original no puede ser hallado mediante ningún estudio científico o examen crítico, pues tal estudio, reduciendo, como lo hace, los Evangelios y su Figura Central, a meros objetos de investigación, no produce resultados creadores. Ese sendero conduce a un sitio sin salida, en medio de las selvas del misterio. No podemos, por ningún medio concebible, llegar al Jesús puramente histórico, por la simple razón de que en el Nuevo Testamento no existe tal ser. Porque los Evangelios no son biografías en el sentido ordinario, sino una exposición de cuál es la fe de la Iglesia en cuanto a quién fue Jesús. Las fuentes documentales más primitivas a que la crítica puede reducir los Evangelios, llevan ya la marca de esa fe en un Cristo divino. Las primeras palabras del más antiguo de los Evangelios dan el tono que prevalece en el conjunto de los relatos: “El Evangelio de Jesús-Cristo, Hijo de Dios”.
Nicolás Berdiaeff ha dicho, con sumo acierto, que el punto de partida del cristianismo no es ni Dios ni el hombre, sino el Dios-Hombre. La vieja distinción entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe se ha hecho insostenible. En dos significativos pasajes, idénticos en su forma y contenido, se cristaliza la fe de los escritores sinópticos y de la Iglesia Cristiana Primitiva en Jesucristo. Al comienzo del ministerio de Jesús, después de haber sido bautizado en el río Jordán por aquel extraño hombre de los desiertos, Juan el Bautista, el Espíritu Santo descendió sobre Su cabeza, en forma de paloma, al mismo tiempo que se oía una voz decir: “Este es mi Hijo amado”. En una ocasión subsecuente, durante la misteriosa transfiguración de Jesús en una montaña, en presencia de sus tres discípulos más íntimos, sonaron nuevamente las mismas palabras. En la primera ocasión, nuestro señor se estaba preparando para la obra a que iba a consagrar su vida. En la segunda, se estaba preparando para su muerte. La voz que resonó sobre el río sagrado, fue para Juan, último representante de un orden que terminaba, es decir, del “antiguo pacto” y todo lo que éste significaba. Con ella, se informaba al bautista que el nuevo orden empezaba ahora. La voz que se dejó oír en el monte sagrado fue para los hombres que iba a convertirse en embajadores del nuevo orden. Era de suma importancia. que comprendieran claramente que la ley y los profetas, todo lo que Moisés y Elias significaban, se cumplía en aquel a quien ellos conocían y amaban, y que el propósito de Dios, es su continuo desarrollo al través de las edades, arrastraría consigo a la misma muerte. 
Los visitantes celestiales que conversaban con Jesús en el monte de la transfiguración,  hablaban, se nos dice de su próxima muerte. Esa conversación constituye una parábola del hecho de que la muerte de Cristo es central y vital en el cristianismo.


jueves, 2 de enero de 2014

¿Es el cristianismo fácil o difícil? Lewis CS

¿Es el cristianismo fácil o difícil?
Fragmento tomado de libro - Cristianismo Y Nada Más. 
(También traducida como MERO CRISTIANISMO)
Lewis C S 

En el último capítulo estábamos considerando la idea cristiana de «hacernos como Cristo», o «disfrazarnos primero hijos de Dios» para poder finalmente convertirnos en Sus auténticos hijos. Lo que quiero dejar claro es que esta no es una entre muchas tareas que un cristiano debe llevar a cabo, y que no se trata de una suerte de ejercicios especial para la clase superior. En eso consiste todo el cristianismo. El cristianismo no ofrece absolutamente nada más. Y quisiera señalar cómo difiere esto de las ideas comunes acerca de la «moralidad» o el «ser bueno».

La idea común que todos tenemos antes de convertirnos en cristianos es ésta. Tomamos como punto de partida nuestro yo ordinario con sus varios deseos e intereses. Luego admitimos que algo más —llámese «moralidad» o «comportamiento decente» o «el bien de la sociedad»— le hace reclamos a este yo: reclamos que interfieren con sus propios deseos. Lo que entendemos por «ser buenos» es someternos a esos reclamos. Algunas de las cosas que el yo ordinario quería hacer resultan ser lo que llamamos «malas»; pues bien, debemos renunciar a ellas. Otras cosas, que el yo no quería hacer, resultan ser lo que llamamos «buenas»; pues bien, tendremos que hacerlas. Pero en todo momento tenemos la esperanza de que cuando todas las exigencias han sido satisfechas, el pobre yo ordinario aún tendrá una oportunidad, y un poco de tiempo, de seguir con su vida y con lo que le gusta. De hecho, nos parecemos mucho a un hombre honrado que paga sus impuestos. Los paga, ciertamente, pero tiene la esperanza de que aún le quede un poco de dinero para vivir. Porque aún seguimos tomando nuestro yo ordinario como punto de partida.

Mientras pensemos de ese modo, se dará probablemente uno de los dos resultados siguientes. O renunciamos a intentar ser buenos, o somos realmente muy desgraciados. Porque, y no os equivoquéis, si realmente vais a intentar satisfacer todas las exigencias impuestas al yo natural, a éste no le quedará lo suficiente para seguir viviendo. Cuanto más obedezcáis a la conciencia, más os exigirá. Y vuestro yo natural, que de este modo se ve despojado, impedido y preocupado a cada recodo del camino, se pondrá más y más furioso. Al final, dejaréis de seguir intentando ser buenos, u os convertiréis en una de esas personas de las que se dice «viven para los demás», pero que siempre están insatisfechos y gruñendo, preguntándose por qué los demás no prestan atención a sus esfuerzos y haciéndose los mártires. Y cuando os hayáis convertido en eso, seréis un incordio mucho mayor para la gente que tiene que convivir con vosotros que si hubierais seguido siendo francamente egoístas. El camino cristiano es diferente: más difícil, y más fácil. Cristo dice: «Dádmelo todo. Yo no quiero tanto de vuestro tiempo o tanto de vuestro dinero o tanto de vuestro trabajo: os quiero a vosotros. Yo no he venido a atormentar vuestro ser natural, sino a matarlo. Ninguna medida a medias me sirve. No quiero podar una rama aquí y una rama allí. Tengo que derribar el árbol entero. No quiero perforar el diente, o coronarlo, o taponarlo; quiero arrancarlo. Entregadme por entero vuestro ser natural, todos los deseos que creéis inocentes además de aquellos que creéis malos: lo quiero todo. Y a cambio os daré un nuevo yo. De hecho, me daré a Mí Mismo: mi propia voluntad se convertirá en la vuestra.» Mucho más difícil y más fácil de lo que estamos intentando hacer. Os habréis dado cuenta, espero, de que Cristo mismo describe a veces la vida cristiana como muy difícil y a veces como muy fácil. Dice: «Coge tu cruz.» En otras palabras, es como dirigirse a que le maten a uno a palos en un campo de concentración. Y al momento siguiente dice: «Mi yugo es suave y mi carga ligera.» Y ambas cosas las dice de verdad. Y uno puede comprender por qué ambas cosas son verdad.

Los maestros os dirán que el más perezoso de la clase es aquel que trabaja más duramente al final. Y lo dicen de veras. Si a dos alumnos se les da, por ejemplo, una proposición en geometría para hacer, el que está dispuesto a tomarse el trabajo intentará comprenderla. El alumno perezoso intentará aprendérsela de memoria porque, por el momento, esto requiere menos esfuerzos. Pero seis meses más tarde, cuando ambos estén preparándose para el examen, el alumno perezoso tendrá que dedicar horas y horas de fatigoso trabajo a cosas que el otro alumno comprende, y positivamente disfruta, en unos pocos momentos. La pereza, a largo plazo, significa más trabajo. O consideradlo de esta manera. En una batalla, o en alpinismo, a menudo hay una cosa que requiere mucho valor, pero que es, a la larga, lo más seguro. Si os echáis atrás os encontraréis, horas más tarde, en un peligro mucho mayor. La actitud más cobarde es también la más peligrosa.

Y lo mismo ocurre aquí. Lo terrible, lo que resulta casi imposible, es entregar todo vuestro yo —todos vuestros deseos y precauciones— a Cristo. Pero es mucho más fácil que lo que todos estamos intentando hacer a cambio. Porque lo que estamos intentando hacer es seguir siendo lo que llamamos «nosotros mismos», mantener la felicidad personal como nuestra meta más preciada en la vida, y sin embargo, al mismo tiempo, ser «buenos». Todos estamos tratando de que nuestra mente y nuestro corazón sigan su camino —centrado en el dinero, o el placer o la ambición— con la esperanza, a pesar de esto, de comportarnos honesta, casta y humildemente. Y eso es exactamente lo que Cristo nos advirtió que no podíamos hacer. Como Él dijo, un cardo no puede producir higos. Si yo soy un campo que no contiene más que hierba no puedo producir trigo. Puede que segar la hierba la mantenga corta, pero seguiré produciendo hierba y no trigo. Si quiero producir trigo el cambio tiene que ir más allá de la superficie. Mi campo debe ser arado y vuelto a sembrar.

Por todo esto el auténtico problema de la vida cristiana aparece allí donde la gente no suele buscarlo. Aparece en el instante mismo en que os despertáis cada mañana. Todos vuestros deseos y esperanzas para el nuevo día se precipitan sobre vosotros como bestias salvajes. Y lo primero que ha de hacer se cada mañana consiste sencillamente en echarlos atrás: en escuchar aquella otra voz, adoptando aquel otro punto de vista, dejando que aquella otra vida más grande, más fuerte y más silenciosa fluya en vosotros. Y así todo el día. Apartándoos de todos vuestros remilgos y resquemores; protegiéndose del viento. Al principio sólo podemos hacerlo por momentos. Pero a partir de esos momentos la nueva clase de vida se extenderá por nuestro organismo: porque ahora estamos dejando que El actúe en nuestra parte apropiada. Es la diferencia entre la pintura, que meramente se extiende sobre la superficie, y una tintura o mancha que penetra la materia. Cristo nunca habló de superficialidades vagas e idealistas. Cuando dijo «Sed perfectos», hablaba en serio. Quería decir que debemos someternos al proceso completo. Es difícil, pero la clase de compromiso por el que todos penamos es más difícil aún..., de hecho, es imposible. Puede que para un huevo sea difícil convertirse en pájaro, pero será muchísimo más difícil para él aprender a volar mientras siga siendo un huevo. Por el momento todos somos como huevos. Y no podemos seguir siendo meros huevos comunes y decentes indefinidamente. Hemos de romper el cascarón o estropearnos.

¿Puedo volver a lo que dije antes? Esto es todo el cristianismo. No hay nada más. Es muy fácil confundirse acerca de eso. Es fácil pensar que la Iglesia tiene un montón de objetivos diferentes: la educación, la edificación, las misiones, la celebración de misas. Del mismo modo que es fácil pensar que el Estado tiene un montón de objetivos diferentes: militares, políticos, económicos, etcétera. Pero en cierto modo las cosas son mucho más sencillas. El Estado existe simplemente para promover y proteger la cotidiana felicidad de los seres humanos en esta vida. Un marido y su mujer charlando junto al fuego, dos amigos jugando a los dardos en un bar, un hombre leyendo un libro en su habitación o cavando en su jardín... es para esas cosas para las que existe el Estado. Y a menos que estén ayudando a aumentar y prolongar y proteger esos momentos, todas las leyes, ejércitos, Parlamentos, juzgados, policía, economía, etcétera, son sencillamente una pérdida de tiempo. Del mismo modo, la Iglesia no existe más que para atraer a los hombres a Cristo, para convertirlos en otros Cristos. Si no cumple este cometido, todas las catedrales, el sacerdocio, las misiones, los sermones, incluso la Biblia misma, son sencillamente una pérdida de tiempo. Dios se hizo hombre para ese único fin. Incluso es dudoso que el universo haya sido creado para otro fin que ese. La Biblia dice que el universo entero fue creado para Cristo y que todo ha de ser reunido en El.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Prólogo al libro Dios no es cristiano Y otras provocaciones Desmond Tutu

Prólogo al libro
Dios no es cristiano
Y otras provocaciones
Editado por John Allen

Algunos de mis amigos se muestran escépticos cuando me oyen decir que soy por naturaleza una persona a quien le desagrada la confrontación, pero lo cierto es que lo soy. Durante mi vida he intentado conscientemente imitar a mi madre, que era conocida en mi familia como una dulce «consoladora de los afligidos». No obstante, cuando veo sufrir a personas inocentes, intimidadas por los ricos y los poderosos,  entonces, como dice el profeta Jeremías, si trato de guardar silencio, siento como si la palabra de Dios ardiera como fuego en mi pecho. Me veo obligado a hablar alto y claro, a veces incluso a discutir con Dios acerca de cómo es posible que un Creador lleno de amor pueda permitir que sucedan estas cosas. Cuando recientemente anuncié que me retiraba de la vida pública, dije que quería reducir mi ritmo de vida y dedicar más tiempo a leer y escribir, a orar y pensar, y a estar con mi familia. También dije que, además de continuar con algunas de mis actividades como galardonado con el premio Nobel de la Paz, adoptaría un perfil público más bajo y no concedería más entrevistas a los periodistas.

La reflexión sobre esta selección de textos que recogen lo que he dicho y escrito durante los últimos cuarenta años me ha mostrado lo difícil que me va a resultar permanecer callado (!y me ha recordado lo sexista que era mi lenguaje en mis años jóvenes!). Porque al ver el sufrimiento, el dolor y el conflicto que sufre todavía el pueblo de Dios –y al leer sobre estas vivencias–, sus experiencias piden a gritos la intervención apasionada de personas creyentes que defiendan los valores del reino de Dios.

Con todo, nadie es indispensable, y yo menos que nadie. Lo que me aporta esperanza y tranquilidad al acercarme a mi octogésimo cumpleaños es la singular pasión por la justicia y la paz que he experimentado al encontrarme y hablar con miles de jóvenes de todo el mundo en los primeros años
del siglo XXI. Cuando veo su nivel de compromiso, sé que el mundo está en buenas manos.
En la iglesia de Sant’Egidio en Roma, hogar de una extraordinaria comunidad de laicos dedicados a trabajar por los pobres, hay un viejo crucifijo en el que Cristo no tiene brazos. Cuando les pregunté qué importancia tenía ese Cristo para la comunidad, me dijeron que esa imagen muestra cómo Dios
cuenta con nosotros para realizar su obra en el mundo. Sin nosotros, Dios no tiene ojos; sin nosotros, Dios no tiene oídos; sin nosotros, Dios no tiene brazos ni manos. Dios cuenta con nosotros. .No vas a unirte a otros creyentes para hacernos compañeros de Dios en el mundo?

Desmond Tutu

Abril de 2011

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Fragmento del libro "Mero Cristianismo", Lewis

Mero Cristianismo

CLIVE
STAPLES
LEWIS

LIBRO IV 
MÁS ALLÁ DE LA PERSONALIDAD: O PRIMEROS PASOS EN LA
DOCTRINA DE LA TRINIDAD


7. Finjamos

¿Me permitís que empiece con dos historias? Una de ellas es la historia de La bella y la bestia. La chica, como recordaréis, tenía, por alguna razón, que casarse con un monstruo. Y lo hizo. Lo besó como si fuera un hombre. Y entonces, para su gran alivio, el monstruo realmente se convirtió en un hombre y todo salió bien. La otra historia trata de alguien que tenía que llevar una máscara; una máscara que lo hacía parecer mucho más guapo de lo que realmente era. Tuvo que llevarla durante años. Y cuando se la quitó se dio cuenta de que su cara se había amoldado a ella. Ahora era guapo de verdad. Lo que había empezado como un disfraz había terminado como una realidad. Creo que estas dos historias pueden ayudar a ilustrar lo que tengo que decir en este capítulo. Quiero hablar de la práctica. ¿Qué hacemos a continuación? ¿Qué importancia tiene toda esta teología?  

Probablemente oraréis el Padre Nuestro. Sus primerísimas palabras son Padre Nuestro. ¿Veis ahora lo que esas palabras significan? Significan, con toda franqueza, que os estáis poniendo en el lugar de un hijo de Dios. Para decirlo abruptamente, estáis disfrazando de Cristo, Estáis fingiendo, si lo preferís. Porque, naturalmente, en el momento en que os dais cuenta de lo que esas palabras significan, os dais cuenta de que no sois hijos de Dios. No sois como el Hijo de Dios; sois un manojo de miedos, esperanzas, avaricia, celos y vanidad egoístas, destinados a la muerte. Pero lo extraño es que él nos ha ordenado que lo hiciéramos. ¿Por qué? ¿De qué sirve fingir que somos lo que no somos? Pues bien, incluso en el nivel humano hay dos clases de fingimiento. 

Está la clase mala, en la que el fingimiento está ahí en vez de la cosa auténtica: como cuando un hombre finge que va a ayudarnos en vez de realmente apoyarnos. Pero también está la clase buena, en la que el fingimiento conduce a la cosa real. Cuando no os sentís particularmente amistosos pero sabéis que deberíais serlo, a menudo lo mejor que podéis hacer es poner cara de buenos amigos. Y en pocos minutos, como todos hemos podido darnos cuenta, realmente os sentiréis más amistosos. A menudo, la única manera de adquirir una cualidad en realidad es empezar a comportarnos como si ya la tuviéramos.

Por eso los juegos de niños son tan importantes. Siempre están fingiendo ser adultos:  En todo momento están endureciendo sus músculos y agudizando sus sentidos, para que la ficción de ser adultos les ayude a crecer de verdad. Pues bien; en el momento en que os dais cuenta de que estáis fingiendo ser Cristo, es sumamente probable que instantáneamente veáis una manera en que el fingimiento pudiera tener menos de fingimiento y más de realidad. Encontraréis que en vuestras mentes tienen lugar varias cosas que no tendrían lugar si verdaderamente fuerais hijos de Dios. Pues bien, detenedlas. 

Ya veis lo que está ocurriendo. El Cristo en Persona, el Hijo de Dios que es hombre (igual que vosotros), y Dios (igual que Su Padre) está realmente a vuestro lado y está ya desde ese momento ayudando a transformar vuestro fingimiento en realidad. Esta no es meramente una manera elaborada de decir que vuestra conciencia os está diciendo lo que debéis hacer. Si interrogáis a vuestra conciencia, sencillamente, obtenéis un resultado. Si recordáis que os estáis disfrazando de Cristo, obtenéis otro. Hay muchas cosas que vuestra conciencia podría no llamar definitivamente malas, pero que reconoceréis de inmediato que no podéis seguir haciendo si intentáis seriamente ser como Cristo. Puesto que ya no estáis pensando simplemente en lo bueno y en lo malo: estáis intentando adquirir la buena infección de una Persona. 

Esto se parece más a pintar un retrato que a obedecer una serie de reglas. Y lo extraño es que mientras que por un lado es mucho más difícil que pintar un cuadro, por otro es mucho más fácil El auténtico Hijo de Dios está junto a vosotros. Está empezando a transfornos en él Mismo. Está empezando, por así decirlo, a «inyectar» Su clase de vida y pensamiento, Su Zoe, «griego Ζωή, significa "vida"» en vosotros: está empezando a convertir el soldado de plomo en un hombre vivo. La parte de vosotros a la que esto no le gusta es la parte que sigue siendo de plomo. Algunos de vosotros podréis pensar que esto se parece muy poco a vuestra propia experiencia. Tal vez digáis: «Yo nunca he tenido la sensación de ser ayudado por un Cristo invisible, pero a menudo he sido ayudado por otros seres humanos.» Esto se parece bastante a aquella mujer que durante la guerra dijo que si hubiera escasez de pan esto no le afectaría demasiado porque en su casa siempre se comían tostadas. Si no hay pan, no habrá tostadas. Si no hubiera ayuda de Cristo no habría ayuda por parte de otros seres humanos. Cristo actúa en nosotros de muchas  maneras, no sólo a través de lo que nosotros llamamos nuestra «vida religiosa». Actúa a través de la naturaleza, de nuestros propios cuerpos. 

Cristo actúa en nosotros a través de los demás. Los hombres son espejos, o «portadores» de Cristo para lo» demás hombres. A veces portadores inconscientes. Esta «buen» infección» puede ser portada por aquellos que no la tienen en sí mismos. Personas que no eran cristianas me ayudaron a mí a llegar al cristianismo. Pero normalmente son aquellos que lo conocen, los que le llevan a él. Por eso la Iglesia, el cuerpo entero de cristianos enseñándose a Cristo unos a otros es tan importante. Podríais decir que cuando dos cristianos están siguiendo a Cristo juntos no hay dos veces más cristianismo que cuando no están juntos. Al principio es natural que un bebe; tome la leche de su madre sin conocer a su madre. Es igualmente natural para nosotros ver al hombre que nos está ayudando sin ver a Cristo detrás de él. Pero no debemos permanecer como bebés. Debemos progresar hasta conocer al auténtico Dador. Es una locura no hacerlo. Porque, si no lo hacemos, estaremos dependiendo de los seres humanos. Y eso va a decepcionarnos. Los mejores de entre ellos cometerán errores; todos van a morir.

Debemos estar agradecidos a todos aquellos que nos han ayudado; debemos honrarlos y amarlos. Pero jamás, jamás pongáis toda vuestra fe en ningún ser humano: aunque sea el mejor y más sabio del mundo entero. Hay muchas cosas bonitas que se pueden hacer con arena, pero no intentéis construir una casa sobre ella. Y ahora empezamos a ver qué es aquello sobre lo que siempre está hablando el Nuevo Testamento. Habla de los cristianos como «nacidos de nuevo»; habla de ellos como «haciéndose en Cristo»; sobre Cristo «formándose en nosotros»; sobre nuestro alcanzar a «tener la mente de Cristo». Sacaos de la cabeza la idea de que éstas son sólo maneras rebuscadas de decir que los cristianos han de leer lo que dijo Cristo y luego intentar llevarlo a cabo, del mismo modo que un hombre puede intentar leer lo que Marx o Platón dijeron y luego intentar ponerlo en práctica. Significan algo mucho más importante que eso. Significan que una auténtica Persona, Cristo,  está haciéndonos cambiar. 

No se trata de un hombre bueno que murió hace dos mil años. Se trata de un Hombre vivo tan hombre como vosotros, y aún tan Dios como lo fue cuando creó el mundo, que realmente aparece y entra en contacto con vuestro ser más íntimo, mata el viejo yo natural en vosotros y lo sustituye por la clase de Yo que Él tiene. Al principio, sólo por momentos. Luego, durante períodos más largos. Finalmente, si todo va bien, os transforma permanentemente en alguien diferente; en un nuevo pequeño Cristo, en un ser que, a su humilde manera, tiene la misma vida que Dios, que comparte Su poder, Su gozo. Su conocimiento y Su eternidad. Y enseguida nacemos dos descubrimientos más.
Empezamos a darnos cuenta, además, de nuestros actos pecaminosos particulares, de nuestro estado de pecado; empezamos a alarmarnos no sólo por lo que hacemos sino también por lo que somos. Puede que esto os parezca algo difícil, así que intentaré aclararlo basándome en mi propio caso. Cuando oro mis plegarias nocturnas e intento hacer un recuento de los pecados del día; me he enfurruñado o he contestado bruscamente o me he burlado o he despreciado a alguien o he dado rienda suelta a mi ira. Y la excusa que inmediatamente surge en mi mente es que la provocación fue tan súbita e inesperada que me cogieron de sorpresa, que no tuve tiempo de controlarme. Es posible que esa sea una circunstancia atenuante en lo que respecta a esos actos en particular; evidentemente habrían sido peores si hubiesen sido premeditados o deliberados. 

Por otra parte, no cabe duda de que lo que un hombre hace cuando le cogen por sorpresa es la mejor evidencia de lo que ese hombre es. Está claro que lo que surge espontáneamente, antes de que el hombre tenga tiempo de ponerse un disfraz, es la verdad. Si hay ratas en el desván es más probable que las veáis si entráis allí de repente. Pero ese «de repente» no crea a las ratas; sólo les impide esconderse. Del mismo modo, lo intempestivo de la provocación no me convierte en un hombre de mal carácter; sólo demuestra el mal carácter que tengo. Las ratas siempre están allí en el desván; pero si entráis dando gritos se habrán puesto a cubierto antes de que hayáis encendido la luz. Aparentemente, las ratas de la vindicación y el resentimiento siempre están allí, en el desván, de mi alma. Y ese desván está fuera del alcance de mi voluntad consciente. Puedo, hasta cierto punto, controlar mis actos, pero no tengo un control directo sobre mi temperamento. Lo que somos importa aún más que lo que hacemos —si, ciertamente, lo que hacemos importa principalmente como evidencia de lo que somos— entonces se sigue que el cambio que más necesito llevar a cabo es un cambio que mis propios esfuerzos directos y voluntarios no pueden realizar. 

Y esto puede aplicarse también a mis buenas acciones. ¿Cuántas de ellas fueron hechas por el motivo correcto? ¿Cuántas por miedo a la opinión pública, o por un deseo de ostentación? ¿Cuántas por una suerte de obstinación o de sentido de superioridad que, en circunstancias diferentes, podrían haber conducido igualmente a una mala acción?Pero yo no puedo, a través de un esfuerzo moral directo, proporcionarme a mí mismo nuevos motivos. Después de los primeros pasos en la vida cristiana nos damos cuenta de que aquello que verdaderamente necesita hacerse en nuestras almas sólo puede ser hecho por Dios. 

He estado hablando como si fuésemos nosotros los que lo hiciéramos todo. En realidad, por supuesto, es Dios quien lo hace todo. Nosotros, como mucho, permitimos que se nos haga. En cierto sentido podría decirse que es Dios quien lleva a cabo el fingimiento. El Dios Tripersonal, por así decirlo, ve de hecho antes Sí un animal humano egoísta, avaricioso, gruñón y rebelde. Pero El dice: «Finjamos que esta no es una mera criatura, sino nuestro Hijo. Es como Cristo en cuanto que es un Hombre, puesto que El se hizo Hombre. Finjamos que también es como Cristo en espíritu. Tratémoslo como si fuera lo que en realidad no es. 


Finjamos, para hacer que esa ficción se convierta en realidad.» Dios os mira como si fueseis pequeños Cristos: Cristo se pone a vuestro lado para convertirnos en él. Me atrevo a decir que esta idea de un divino fingimiento parece algo extraña al principio. Pero, ¿No es así como lo más alto siempre hace ascender a lo más bajo? Una madre le enseña a hablar a su hijo hablándole como si la entendiera mucho antes de que éste lo haga en realidad.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Reforma en el siglo XVI

La preparación de los Líderes para el ministerio pastoral

Un resumen histórico (fragmento)


Por James H. Emery

Desde el siglo XIII vino un período de decadencia en la iglesia, la cual minó los fundamentos de las universidades. El renacimiento, con su énfasis sobre el hombre como supremo y el afán por los estudios clásicos de Grecia y Roma, ayudó para menguar la influencia de la iglesia y de la teología en el medio europeo. Este período vio la supervisión de los esfuerzos de reforma de Juan Hus, de Wycliff, de Savonarola, y de otros que se apoyaban en gran parte sobre los predicadores laicos. Notamos de nuevo que el inicio de reforma en la iglesia vino procedente de los laicos y de los sacerdotes de menor grado en la jerarquía. Estos encontraron oposición entre los poderosos del mundo secular, la iglesia, y aun las universidades. Por esta razón, cuando surgió la Reforma en el siglo XVI, una de sus quejas principales fue contra la ignorancia del clero.

Es interesante que la persona que inició la Reforma era un sacerdote bien preparado y que figuraba como profesor de una universidad. Pero es interesante que esa Universidad de Wittemberg fue fundada en los días de la Reforma; por consiguiente no tenía tradiciones largas y era de poca importancia en el mundo. El número de profesores era limitado, y en cuanto a autoridad, sólo tuvo el apoyo de un príncipe, quien respetaba a Lutero. Los grandes de la tierra daban poca importancia a los eventos de las provincias lejanas.


Una de las reformas básicas fue la preparación de predicadores, y la universidad sirvió para este fin. Había necesidad de que todo creyente fuera capaz de leer la Biblia para conocer directamente la voluntad de Dios. Esto impulsó mucho el estudio. Melanchton, un laico, era el más importante en la preparación teológica de los futuros pastores luteranos. Calvino estudió derecho; no fue ordenado sacerdote. No hay pruebas de que fuera ordenado en Ginebra, pero es probable que el Presbiterio lo hizo. De todos modos, Calvino procuró superar la ignorancia de los pastores por medio de una academia que posteriormente se transformó en la Universidad de Ginebra. Los comentarios de Calvino eran las enseñanzas que daba en la Iglesia de San Pedro en Ginebra como instrucción para los creyentes. La academia sirvió no solamente para la preparación de pastores sino también para las demás carreras. Así que los estudios para el ministerio no estaban aislados de los estudios seculares.

jueves, 24 de octubre de 2013

La santidad de Dios: Esa que experimentó Isaías por J. I. Packer

Una joven le preguntó cierta vez a un amigo mío: ¿En alguna oportunidad se encontró usted con el escritor C.S. Lewis?, Sí -replicó mi amigo En realidad, lo traté bastante. La joven permaneció en silencio por un momento y luego dijo tímidamente: ¡¿Cierto?! ¡¿Me permite que lo toque?! Mi amigo se echó a reír. Y al notar la admiración que esa muchacha sentía por Lewis, le contó algunas anécdotas que había vivido junto al conocido escritor.
A decir verdad, muchos somos los que apreciamos lo que Dios ha hecho a través de hombres como C. S. Lewis. Esas mentes lúcidas que trataron tantos temas con tanta claridad constituyen una riqueza invaluable en la historia de la iglesia. Pero hay algo mucho más grandioso que encontrarse con los famosos: es encontrarse con Dios mismo.
Un día todos nosotros nos encontraremos con Dios. Nos veremos a nosotros mismos parados ante El para su juicio. Si dejamos a este mundo sin perdón, será un evento terrible, fatal. Sin embargo, El ha provisto un modo de arreglar nuestras cuentas aquí, tener un encuentro con El en esta etapa, quitando todo el terror posible a ese futuro encuentro. Es posible que gente imperfecta como nosotros pueda vivir y morir en el conocimiento de que nuestra culpa se ha ido y que el amor -tanto el amor de Dios por nosotros como el nuestro por él- se haya establecido en una unidad gozosa que nada puede destruir. La manera en que se realiza ese encuentro por el que nos introduce en su gran gracia, sin embargo, no siempre es de completo bienestar. Hay quienes vivieron momentos traumáticos, como más adelante veremos en el caso de Isaías.

EL VERDADERO ENCUENTRO
¿Quién puede decir que ha visto a Dios? Ciertamente no aquellos que niegan su realidad y la posibilidad de conocerlo. Tampoco quienes no van más allá de decir "Creo que Alguien está allí". Nos encontramos verdaderamente con Dios por medio de reconocer a su Hijo, Jesucristo, como el Camino, la Verdad y la Vida. Nos encontramos con Dios al entrar en una relación de dependencia con Jesús, como nuestro Salvador y Amigo, en un discipulado como nuestro Señor y Maestro. Esta respuesta nos obliga a decir que nadie encuentra a Dios -nadie encuentra a Cristo- hasta que la experiencia crucial de Isaías comienza a ser realidad en su propia vida.

¿QUE PASO CON ISAÍAS?
Necesitamos comprender lo que Isaías aprendió a través de su visión.
El la tuvo en el Templo. Naturalmente había ansiedad por el futuro, debido a la situación política, y cualquier tipo de trauma lleva a la gente a orar, a clamar a Dios. No es nada descabellado suponer que Isaías estaba en el templo para orar por el futuro de su pueblo.
El hecho de que éste sea el capítulo 6 de la profecía y no el capítulo 1 -donde Isaías nos dice que la palabra del Señor vino a él durante el reinado de Uzías, así como también de aquellos reinados que le siguieron (ver 1.1)- sugiere que ya era un profeta activo y que su deseo era saber cuál era su mensaje para el pueblo, motivo por el cual había venido al Templo en esta ocasión.
Uzías, como 2da. Crónicas enfatiza (ver 26.8,15-16), había sido un rey fuerte bajo el cual Judá había gozado de seguridad y prosperidad. Ahora el reino iba a pasar a su hijo Jotám, quien contaba con poco más de veinte años de edad. Nadie sabía qué clase de rey iba a resultar, por lo que todo Judá, incluyendo a Isaías, debió haberse inquietado por el bienestar nacional. Pero Dios se manifestó forzando al profeta a pensar en sí mismo y en su propia relación con Dios de una manera que nunca lo había hecho antes.
Demasiadas veces pensamos en Dios como alguien que está allí simplemente para ayudarnos. Buscamos sus auxilios y fuerzas para salir adelante bajo presiones extremas en lugar de atender nuestra necesidad real: la cual es enderezar nuestra relación distorsionada con él. Es parte de la misericordia de Dios el quebrar nuestros intentos de atarlo a nuestros propósitos, forzándonos a poner primero lo primero. Pero tal misericordia puede tener un aspecto temible, como Isaías descubrió.
Al profeta le fue mostrada la santidad de Dios. Vio al Señor en su trono, según nos dice, y a los ángeles adorándole mientras volaban ante el trono. Ellos decían: "Santo Santo, Santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria" (6.3).
¿Qué mensaje recibió Isaías por lo que vio y oyó? Si usted busca la palabra santo en un diccionario de teología, encontrará que en ambos testamentos es una palabra que se aplica primariamente a Dios y expresa todo lo que lo separa de nosotros, haciéndolo diferentes; todo lo que lo ubica por encima nuestro, haciéndolo digno de adoración y temor; y todo lo que lo opone a nosotros haciéndolo objeto de verdadero terror. El pensamiento básico que la palabra lleva en de la separación de Dios con nosotros y de contraste entre lo que lo que El es y lo que nosotros somos. Ese fue el contraste que percibió Isaías en aquella ocasión.
Fue como si Isaías hubiera estado viendo una ópera. El humo invadía la escena y los quiciales (los grandes marcos de los portales) se estremecían por el profundo sonido de la voz de cada uno de los ángeles. Allí este hombre apreció que la santidad de Dios es algo terrible de contemplar. Al enfrentarse con Dios se convenció de que no había esperanza para él a causa de su pecado. Pero mientras tanto los ángeles celebraban la santidad de Dios en el más amplio sentido de la palabra, trayendo ante Isaías la conciencia de la infinita sabiduría y el ilimitado poder de Dios, así como también de su terrible pureza.

LA SANTIDAD DE DIOS
Enfoquemos ahora la santidad de Dios en su sentido completo e inclusivo. Pensemos en esto como luz, como un espectro de distintas cualidades que en su combinación constituyen la santidad. La narración de Isaías nos pone ante cinco realidades acerca de Dios en una combinación cuyo nombre apropiado es santidad.
"Cuyo dominio es sempiterno su reino por todas las edades"
Su señorío de la primera realidad que deseo manifestar. Para usar una palabra que les encanta a los teólogos, podemos hablar de soberanía. Esa es la primera de las realidades. La Biblia lo dice en cortas palabras: "¡El Señor reina; Dios es Rey!"
Isaías se encontró con un símbolo visual de señorío: Dios sentado en un trono. Otras personas en las Escrituras han visto también este símbolo. Ezequiel, por ejemplo, vio el trono de Dios viniendo hacia él desde una nube, con criaturas vivientes actuando como una especie de carro con ruedas girando en todos los ángulos en relación de unas con otras debajo del trono, donde uno hubiera esperado ver las patas del trono. Las criaturas vivientes y las ruedas eran, ambas, emblemas de energía interminable; Dios es el trono es infinita y eternamente poderoso. Ezequiel nos dice que el trono estaba en alto por encima de él, y enorme, y su impresión fue que una figura como de un hombre se hallaba sentado sobre él. (Ez. 1). Así también el trono que vio Isaías era alto y enorme; "el borde de sus vestiduras (de Dios) llenaban el Templo".
La visión de Dios como Rey aparece frecuentemente en la Biblia. Los Salmos proclaman que Dios reina. Juan vio "un trono en el cielo con alguien sentado sobre él" (Ap. 4.2) ("Un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado"). Y 1 Reyes 22 nos cuenta de Micaías, el fiel profeta a quien Acab puso en prisión porque lo había amenazado con el juicio divino. Por pedido de Josafat, Micaías fue traído de la prisión para contestar la pregunta que dos reyes juntos le hacían: ¿Debía Acab, con ayuda de Josafat, intentar recapturar Ramot de Galaad de los sirios? La escena a la cual Micaías fue conducido era impresionante: "Vestidos de sus ropas reales, el rey de Israel -Acab- y Josafat, rey de Judá, estaban sentados cada uno en su silla en la plaza... y todos los profetas -unos cuatrocientos- profetizaban delante de ellos. Fue una ocasión oficial grandiosa. Sin duda había también una multitud admirada que observaba todo lo que sucedía. Micaías, sin embargo, no fue intimidado. Primero se burló de Acab imitando a los profetas de la corte y luego le dijo lo que era verdad, que si iba a Ramot de Galaad, moriría. El secreto de la valentía de Micaías está en el versículo 19, donde él declara: "Vi a Jehová sentado en su trono". Micaías no se acobardó al ver a los dos monarcas; ¡la visión de Dios sobre el trono en el Cielo le mostró claramente quién estaba al mando!
Esta comprensión de la soberana providencia de Dios (porque eso es en realidad) es enormemente fortalecedora. Fortaleció a Micaías; fortaleció a Juan; sin duda fortaleció a Isaías también. Saber que nada sucede en el mundo aparte de la voluntad de Dios puede asustar a los no creyentes pero fortalece a los santos. Nos asegura que Dios tiene todo calculado y que todo lo que sucede tiene un significado, podamos entenderlo o no en ese momento. Pedro razonó acerca de la cruz de este modo en su primer sermón evangelístico predicado en la mañana de Pentecostés. "Este hombre (Jesús) entregado por el determinado y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándolo" (Hch. 2.23). "Ustedes lo hicieron por su propia y libre voluntad", les dice Pedro. "Ustedes son culpables de haberlo hecho y necesitan arrepentirse, pero no se atrevan a imaginar que sucedió fuera de la voluntad de Dios". Saber que Dios está en el trono nos sostiene al estar bajo la presión del mundo y enfrentar el dolor, la hostilidad y todas las situaciones que no parecen tener sentido. Para los creyentes es una verdad sustentadora y es el primer elemento o ingrediente en la santidad de Dios.

"Las naciones le son como gota de agua"
Su grandeza es el segundo elemento. La visión era de Dios en lo alto y exaltado, con los serafines de seis alas volando ante él en adoración. Note la postura de estos; la descripción tiene algo que enseñarnos. Las dos alas que cubren las caras de cada ángel nos hablan de reverencia y cohibición en la presencia de Dios. Esto nos señala que no deberíamos entrometernos en sus secretos. Debemos vivir contentos con lo que nos ha dicho. La reverencia excluye la especulación acerca de las cosas que Dios no ha mencionado en su Palabra. La respuesta de San Agustín a un hombre que le preguntó acerca de qué estaba haciendo Dios antes de crear el mundo, fue: "Estaba haciendo el infierno para las personas que hacen preguntas como esa". Una aguda respuesta para hacerle ver al cuestionado la irreverencia que yacía detrás de su curiosidad. Una de las cosas que me atraen de Juan Calvino es su sensibilidad al misterio de Dios; la realidad de lo no revelado y su renuncia a ir un paso más allá de lo que dicen las Escrituras. El y Agustín nos aseguran que podemos estar contentos de no saber lo que las Escrituras no nos dicen. Cuando alcanzamos los límites más externos de lo que las Escrituras dicen es hora de parar con los argumentos y comenzar con la adoración. Esto es lo que nos enseñan las caras cubiertas de los ángeles.
Dos alas cubrían los pies de cada ángel; la modestia y la humildad ante la presencia de Dios. Ese es otro aspecto de la verdadera adoración. Los adoradores genuinos desean desaparecer del cuadro para no llamar la atención hacia ellos mismos, para que todos puedan concentrarse, sin distracción, en Dios únicamente. Un cristiano debe aprender que no puede presentarse a sí mismo como un gran predicador y maestro si quiere presentar a Dios como un gran Dios y a Cristo como el gran Salvador. Sólo cuando el yo se hunde Dios podrá ser exaltado, yendo ante su presencia con humildad y modestia. "Es necesario que El crezca, pero que yo mengüe" (Jn. 3.30).
Otra característica de los ángeles era que cada uno volaba en dos alas, tal como lo hacen los colibríes, listos para partir. Tal disponibilidad pertenece al verdadero espíritu de adoración. Adoración que reconoce el señorío y la grandeza de Dios. Adoración obediente, disponible.
Nuestra adoración, como la adoración de los ángeles, debe incluir los elementos de reverencia, humildad y disponibilidad para servir, o estaremos, en realidad, rebajando a Dios, perdiendo de vista su grandeza y poniéndolo a nuestro nivel. Debemos examinamos a nosotros mismos: la irreverencia, la presunción y la parálisis espiritual frecuentemente desfiguran nuestra así llamada adoración. Debemos recuperar el sentido de la grandeza de Dios que los ángeles expresaban. Si pretendemos ser "olor grato" a El, necesitamos recordar que la grandeza es el 'número dos' en el espectro de cualidades que conforman la santidad de Dios.

"Su gloria llena la tierra"
El tercer elemento en la santidad de Dios es su omnipresencia manifiesta. 'Toda la tierra está llena de su gloria", dice la Biblia. Gloria significa la presencia de Dios mostrada para que su naturaleza y poder sean hechos evidentes. En ningún lugar podemos escapar de la presencia de Dios, y nosotros, como Isaías, debemos tener en cuenta esta realidad. Para quienes aman estar en la presencia de Dios esto es una buena noticia. Es una mala para aquellos que desearían que Dios no pudiera ver lo que hacen. El salmo 139 celebra la omnipresencia de Dios y su conocimiento exhaustivo de cada creyente. Termina con la súplica de que Dios, el examinador de corazones, muestre al salmista si hay algún pecado en él que debiera eliminar. "Examíname, oh Dios,... y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno", (v. 23-24). Nada pasa desapercibido a los ojos de Dios; todos nuestros "caminos de perversidad" son evidentes para El, no importa cuánto tratemos de esconderlos u olvidarlos. Este tercer aspecto de la santidad de Dios incomodara a cualquiera que no esté dispuesto a orar como el salmista.

"Así como El es puro"
Otro aspecto que incluye la santidad de Dios es su pureza. "Muy limpio eres de ojos para ver el mal; ni puedes ver el agravio", dice Habacuc a Dios (1.13). La pureza de Dios es lo que la mayoría de las personas piensan cuando consideran su santidad. Isaías percibió esta pureza sin que una palabra fuera dicha. La sensación de ser inadecuado y estar contaminado para gozar de la compañía de Dios era algo abrumador. "¡Ay de mí!", gritó, "¡que soy hombre muerto! porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los Ejércitos". (6.5) Y así como el pecado es rebelión contra la autoridad de Dios, así también es la impureza en relación a la pureza de Dios. Como Isaías se sintió impuro ante Dios cuando reconoció su pecado, así le sucederá a cada persona cuya vida esté centrada en Dios. Esta sensación de corrupción o contaminación no es algo enfermizo ni neurótico; de ningún modo. Es natural, realista y saludable, una percepción verdadera de nuestra condición. Somos pecadores y es de sabios admitirlo.
"Soy hombre inmundo de labios", dice Isaías pensando en particular en los pecados de palabra. La Biblia tiene mucho que decir en cuanto a este pecado porque refleja lo, que está en el corazón de una persona. "De la abundancia del corazón habla la boca" (Le. 6.45). Podemos usar el don del habla para expresar malicia y destruir a otros. Algunos chismorrean ("el arte de confesar los pecados... ajenos"). Otros engañan, explotan y traicionan a la gente con palabras suaves y mentiras. Abaratamos la vida con charla obscena, vergonzosa y rebajarte; arruinamos las relaciones con cháchara desconsiderada e irresponsable. Achatamos nuestra existencia con superficialidades vanas e intrascendentes. Cuando Isaías habla de labios inmundos nos representa.
Tal vez también haya en estas palabras una referencia al ministerio profético de Isaías. ¿Era el entregar el mensaje de Dios algo santo y que glorificaba a Dios o había escondidas motivaciones camales? Desafortunadamente, esas motivaciones aún existen; predicadores con motivos oscuros y de labios inmundos.
"Y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos ", continúa Isaías. Presumiblemente está reconociendo que él anduvo con la multitud, tomando el ejemplo de ellos y hablando como ellos lo hacían, siendo malhablado con los malhablados, siendo desviado por el mal ejemplo. Sin embargo, no pone esto como excusa. Hacer lo que hacen los demás cuando en lo profundo uno sabe que está mal es una cobardía moral que no disminuye sino aumenta la culpabilidad. La conformidad de Isaías a las costumbres impuras de la sociedad que lo rodeaba hacía que su culpa fuera mayor. Quizá como profeta y predicador hasta el momento se consideraba en una categoría diferente a la de sus compatriotas, como si el hecho de denunciar los pecados lo excluyera a él de la culpa, mientras que él se comportaba igual que todos. Pero ahora entendía mejor, él era parte de ellos y no escapaba a la culpa nacional. Por primera vez, quizá, se vio a él mismo como el conformista hipócrita que era y expresó su vergüenza. La pureza de Dios había hecho de él un realista moral.

"Grandes son cada mañana tus misericordias"
El quinto,  la santidad de Dios es la misericordia, la purgante y purificante misericordia que Isaías experimentó cuando confesó su pecado. Un serafín enviado por Dios voló hacía él y le tocó sus labios con un carbón encendido del altar para traerle el mensaje de Dios, que decía: "he aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado"(v.7). Así como la verdadera convicción de pecado atañe a la pecaminosidad total y no sólo a los pecados en particular, las palabras del ángel significaban que todo el pecado de Isaías -conocido y no conocido- estaban redimidos (literalmente, quitados de la vista de Dios). La iniciativa aquí fue de Dios, como siempre sucede cuando las personas llegan a conocer su gracia. P.T. Forsyth solía insistir que la más simple, verdadera y profunda noción de la naturaleza de Dios es amor santo, la misericordia que nos salva de nuestro pecado no por ignorarlo sino juzgándolo en la persona de Jesucristo y así justificándonos. Indudablemente, Isaías habría estado de acuerdo con este concepto.

SU SANTIDAD Y NUESTRA VIDA
Nadie puede tener comunión con El de no ser por la redención que Dios mismo provee y aplica. Y nadie dará el mensaje de Dios como es debido si no tiene un conocimiento personal de su santidad, de la pecaminosidad de sus propios pecados, de la objetividad de la redención de Cristo y de la gracia de Dios al traernos a la fe y asegurarnos de perdón.

La adoración personal debe ser el apoyo principal de la vida y el ministerio del cristiano. Estos pensamientos son preciosos para mí; me mantienen orando y andando. Espero que también sean preciosos para usted y obren del mismo modo.


J.L. Packer




J.L. Packer, principal baluarte del anglicanismo evangélico conservador. J.I. Packer, es uno de los más renombrados teólogos evángelicos de la actualidad,de la iglesia anglicana.
Packer, a sus 81 años, fue reconocido por la revista Time en el año 2005 como uno de los 25 evangélicos más influyentes del mundo.
Packer es uno de los paladines en el anglicanismo de la teología cristiana conservadora. En su best-seller de 1973 “Hacia el Conocimiento de Dios (Knowing God)”, describía a la Biblia como la absoluta autoridad sobre la verdad divina.

El Dr. J.L.Packer es un teólogo ingles que se dio a conocer primero como autor con dos obras sucesivas. El fundamentalismo y la Palabra de Dios.
Otra obra suya, Hacia el conocimiento de Dios, se ha convertido en el mas notorio éxito de librería en obras teológicas tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.